Presentación curso
Existe una compleja relación entre el cuerpo, la depresión y el poder. No toda depresión es una falla química. Incluso se puede afirmar que en los momentos actuales del retorno de múltiples autoritarismos y disimulados microfascismos; los mecanismos y dispositivos de poder van llevando a un estado de profunda depresión en donde el cuerpo recibe una carga excesiva. Lo mismo sucede con el alma y el espíritu tanto personal como colectivo. Nos encontramos ante unos cuerpos agotados, extenuados, hiperexplotados, torturados por la guerra y la violencia, e incluso manoseados, sistemáticamente por la corrupción perversa de la política. Es lo que he llamado en otros trabajos, como la estética de lo atroz: el momento en que el horror se vuelve cotidiano y el cuerpo lo archiva sin que la mente pueda procesarlo. La depresión es política y el cuerpo es su territorio.
Hace casi un siglo, Wilhelm Reich nos mostró algo incómodo: el poder no solo está afuera. Se mete en el cuerpo. Nos construye una coraza muscular que nos protege del dolor, pero que también nos aprisiona. Nos vuelve rígidos, dóciles, sumisos. Esa coraza no es natural: es histórica. Es el lugar donde el autoritarismo se vuelve carne.
Alexander Lowen, discípulo de Reich, fue más lejos. Para él, la depresión no es un estado de ánimo. Es un colapso energético. Es la consecuencia de haber perdido el contacto con la realidad, y especialmente con la realidad de nuestro propio cuerpo. La persona deprimida se siente desconectada, como si su cuerpo no le perteneciera. Lowen propuso que la salida no está en hablar, sino en conectar a tierra el cuerpo, despertar sus energías dormidas, recuperar la capacidad de sentir.
Enrique Dussel, desde la filosofía latinoamericana, nos recuerda que el cuerpo es el primer territorio de encuentro con el Otro. La erótica de la liberación no es un asunto privado: es una relación política. Es el lugar donde se juega la posibilidad de reconocer al otro como legítimo Otro, y no como objeto de dominación.
Ignacio Martín-Baró, desde la psicología de la liberación, nos enseñó que la psicología no puede ser neutral. Debe estar del lado de las mayorías populares y comprometerse con la transformación social. El sufrimiento psíquico no es individual: es político. Y el cuerpo es el archivo de esa política.

