Guerra psicopolítica, instintos y la batalla por los símbolos en Colombia
Por Edgar Barrero Cuellar
La psicología colombiana tiene una deuda histórica con la guerra y con la violencia política en todas sus formas. Durante décadas, mientras el país se desangraba en conflictos armados, desapariciones, desplazamientos forzados, persecuciones sistemáticas y estigmatización, buena parte de la disciplina miraba hacia otro lado o, peor aún, prestaba sus saberes al proyecto de muerte de lo distinto. Quienes han investigado la guerra psicológica en Colombia saben que no es un capítulo marginal de los manuales de inteligencia militar: es el aire que se respira, la trama que organiza buena parte de nuestra vida cotidiana.
La guerra psicológica contemporánea ha refinado tanto sus métodos que ya no necesita cuarteles ni botas. Se libra en la sala del hogar, en el grupo de mensajería, en el noticiero que se ve mientras se come, en el partido del domingo. Su objetivo no es matar. Es domesticar. Que el miedo decida por uno. Que la rabia apunte al vecino migrante y no al político corrupto. Que la necesidad de pertenencia haga abrazar al líder fuerte y rechazar al contradictor que habla con argumentos y datos.
A esto se le puede llamar ocupación mental: una operación sistemática, con métodos, técnicas y operadores, que busca colonizar la atención, la memoria y el deseo. Una mente ocupada no delibera, no empatiza, no planea a largo plazo. Obedece.
1. El teatro de operaciones son los instintos (entre muchos otros dispositivos)
La guerra psicopolítica no se pelea con argumentos. Sería un error creer que un debate racional o una verificación de datos pueden desmontar por sí solos lo que se ha construido durante décadas. Esta guerra se pelea activando artificialmente tres instintos de defensa que todos los seres humanos compartimos.
El primero es el miedo. No el miedo real ante un peligro concreto, sino un miedo difuso, permanente, administrado. Se instala la sensación de que todo está al borde del colapso, que el país se desmorona, que los malos vienen por los hijos. Con el cerebro inundado de cortisol, no se puede razonar. Solo se busca protección.
El segundo es la tribu cerrada. Se construye un “nosotros” puro, idealizado, amenazado, y un “ellos” peligroso, sucio, infiltrante. El vecino que ayer ayudó a empujar el carro hoy se vuelve sospechoso porque piensa distinto, porque viene de otra región, porque ama de otra forma. La identidad se vuelve frontera. Mientras la gente se pelea con el de al lado, los magos de la manipulación de derecha, sustraen sus votos, su voluntad, su mente. Allí juega un papel muy importante el saber psicológico, como ya sabemos.
El tercero es la sumisión al líder fuerte. Se fabrica la sensación de caos y luego se presenta alguien como el único capaz de restaurar el orden. No se ofrece un proyecto de país. Se ofrece protección a cambio de obediencia. Es el viejo pacto autoritario que Latinoamérica conoce de memoria. Aquí entran en juego esos pervertidos apoyos de protección de líderes condenados por crímenes atroces. Que un genocida brinde su protección al que manipula brindando protección, ya habla mucho de la salud psicológica de un sector del país.
Estos tres instintos no son un invento de la derecha. Son mecanismos evolutivos reales, diseñados para emergencias inmediatas. El problema es que la maquinaria de guerra psicológica los activa todo el tiempo y los convierte en el modo permanente de funcionamiento de millones de personas. Así no se gobierna. Así se domina.
Pero hay otros instintos. Más antiguos, más profundos, más difíciles de manipular: el cuidado del vulnerable, la cooperación, el afecto, el sentido de justicia, la memoria de quién estuvo y quién no, el impulso de supervivencia colectiva. La guerra psicopolítica no solo activa los instintos de defensa: también se ocupa de silenciar estos otros. Porque una persona que cuida, que coopera, que recuerda, es mucho más difícil de dominar.
2. La munición más valiosa no es una bala: es una camiseta
Entre todos los símbolos disponibles para esta operación —la bandera, el himno, la religión, el Ejército— hay uno que se ha convertido en objetivo prioritario en Colombia para la ultraderecha asustada por los avances del progresismo: la camiseta de la selección nacional.
No es casualidad. La camiseta es, probablemente, el único símbolo que atraviesa todas las clases sociales, todas las regiones, todas las edades y todas las posturas políticas. En un país fragmentado por siglos de desigualdad y abandono estatal, la selección es una de las pocas cosas que produce emoción colectiva sin distinción. Eso la vuelve increíblemente valiosa.
Además, parece apolítica. Nadie siente que está haciendo campaña cuando se la pone. Eso la convierte en el vehículo perfecto para colar mensajes políticos sin que parezcan mensajes políticos.
Y, sobre todo, es profundamente emocional. La camiseta evoca infancia, familia, abrazos en un gol, lágrimas compartidas. Esa carga no se desmonta con argumentos racionales. Se desmonta con otra emoción, o se captura para fines ajenos y perversos como está haciendo la derecha.
La operación es clara: vaciar la camiseta de su contenido incluyente —porque la camiseta siempre es de todos, del obrero y del médico, del que reza y del que no, del que marcha y del que no— y llenarla de contenido excluyente. Convertirla en el uniforme de la “Colombia de bien” frente a la “Colombia enemiga”. Quien la usa como ellos dicen, es patriota. Quien la usa en una protesta, quien la interviene artísticamente, quien no la celebra con suficiente entusiasmo, se vuelve sospechoso. La camiseta, sin disparar un tiro, se transforma en un detector de enemigos internos.
La trampa tiene una sutileza adicional. Cuando un jugador o una hinchada alza la voz por la paz, por los derechos humanos, contra la desigualdad, se les acusa inmediatamente de “meter política en el fútbol”. Pero cuando un dirigente se enfunda la camiseta para atacar la protesta social, para estigmatizar al migrante, para justificar la mano dura, eso no es política: es “amor a la patria”. La operación es vieja, pero sigue funcionando: la política de ellos no se llama política. Se llama sentido común.
Un desprecio con la camiseta puesta
Estos días, el país ha presenciado un episodio que ilustra con precisión lo que aquí estamos reflexionando. Algunos jugadores de la selección nacional, en un gesto ampliamente difundido, trataron con abierto desprecio y prepotencia a la hija del presidente de la República, una niña.
Se trata de observar ese gesto. Unos hombres adultos, vestidos con la camiseta que supuestamente representa a todos los colombianos, eligieron marcar distancia, superioridad y desdén frente a una niña cuyo único “delito” es ser hija de quien es. No fue un debate. No fue una crítica política. Fue un acto de ostentación simbólica: nosotros, los que vestimos esta camiseta, podemos tratarte con desprecio porque no eres de los nuestros.
Lo más revelador no fue el gesto en sí, sino la reacción posterior. Quienes salieron a justificarlo apelaron al mismo argumento de siempre: “la selección no se mete en política”, “hay que respetar a los jugadores”, “están defendiendo la patria”. Pero el gesto ya era político. Profundamente político. Lo que ocurre es que la política de la exclusión, cuando se ejerce desde la camiseta, no se reconoce como política. Se reconoce como orgullo, como carácter, como “decir las cosas de frente”.
El mensaje fue claro: esta camiseta ya no es tuya. Esta camiseta tiene dueño. Y quienes piensan distinto, quienes gobiernan distinto, quienes votaron distinto, no merecen ponérsela. Ni siquiera merecen que quien la viste les mire con respeto. La hija del presidente se convirtió, en ese instante, en la destinataria de un mensaje de odio que iba dirigido a millones. La camiseta como instrumento de humillación. La camiseta como marcador de quién merece dignidad y quién no.
Loque ese gesto reveló no es un simple problema de educación o decoro, sino la eficacia de una operación de guerra psicológica que ha logrado colonizar las mentes hasta el punto de que personas de origen popular —como lo son, en su mayoría, los futbolistas colombianos— terminen despreciando a una niña que, en otras condiciones, podría ser de su misma comunidad, su mismo barrio, su misma historia. La camiseta de todos se ha convertido en el uniforme de unos pocos. Y esos pocos, olvidando quiénes son y de dónde vienen, se sienten autorizados a humillar a quien no les gusta, amparados en el escudo de la selección.
3. No basta con denunciar: hay que blindarse
La psicología, cuando es digna de su nombre, no sirve para adaptar a las personas a un sistema enfermo. Sirve para ayudar a detectar las trampas del poder y construir, colectivamente, formas de resistencia. No una resistencia de barricadas necesariamente, sino una resistencia de la mente. Porque la mente es el primer territorio que hay que liberar.
A esa estrategia de resistencia mental y comunitaria se le puede llamar Blindaje Mental Psicopolítico. No es un manual de autoayuda ni un recetario para sentirse bien mientras el mundo arde. Es una caja de herramientas —cognitivas, emocionales, instintivas— para que cualquier persona pueda detectar la operación de guerra psicológica cuando está ocurriendo, desactivarla en su vida cotidiana y recuperar el control sobre su propia atención, su propia memoria y sus propias decisiones.
Frente a la apropiación de la camiseta, este blindaje propone tres movimientos esenciales.
Primero: recordar que la camiseta es de todos. No tiene dueño. No tiene partido. No tiene ideología. La suda el obrero en la fábrica y la besa el goleador en el estadio. La abraza quien llora en la tribuna y la cuelga en el tendedero la mujer que lava para sobrevivir. La camiseta no pregunta a quién se vota, ni pide carné de pureza ideológica. No hay que regalar ese pedazo de identidad. No hay que dejar que nadie dicte cómo se ama un símbolo que también es propio. Habría que pensar en una gran campaña nacional pacífica de recuperación reapropiación de la camiseta nacional como símbolo de unidad nacional y no como símbolo de muerte y destrucción entre colombianos. Ponernos la camiseta de muchas formas y llenarla de contenido humano para la vida, la paz y la negociación política de los conflictos.
Segundo: rescatar lo que la operación no puede ofrecer. En la cancha también se cuida. El que levanta al caído. El que cede el balón. El que abraza al que erró el penal. La selección no es solo garra, no es solo “berraquera” mal entendida como agresividad. Es equipo, y equipo significa que nadie sobra. Eso también es fútbol. Eso también es Colombia. Y es justo lo que el discurso de la exclusión no puede vender porque no lo conoce. La derecha sabe agitar el miedo. No sabe construir cuidado.
Tercero: desenmascarar al oportunista. Porque quien se pone la camiseta solo cuando hay elecciones, o solo cuando el equipo gana, no es hincha. Es un embaucador. El verdadero hincha no usa la camiseta para pedir votos: la suda, la lava y la vuelve a sudar. La camiseta no es un disfraz de campaña. Es una piel colectiva. Y la piel no se presta: se habita.
4. La batalla no es por la camiseta: es por la mente
Conviene repetirlo con claridad: la derecha no está peleando por un trapo amarillo, azul y rojo. Está peleando por el significado de ese trapo. Porque quien controla el significado de los símbolos, controla las emociones de millones. Y quien controla las emociones no necesita controlar el voto: ya lo tiene. Ya tiene a la persona.
La guerra psicopolítica más efectiva es la que hace creer que no hay guerra. Que todo es fútbol, que todo es patria, que todo es sentido común. Pero cuando ese supuesto sentido común dice que el vecino es enemigo, que quien protesta no merece estar en este país, que solo una persona fuerte puede salvar a la nación, hay que saberlo: no es el sentido común el que habla. Es una operación de ocupación mental. Y se está siendo ocupado.
La defensa empieza mucho antes de las urnas. Empieza en la mente. En la capacidad de hacer una pausa cuando todo empuja a reaccionar. En el olfato para detectar al tramposo, aunque hable bonito. En la memoria para recordar quién cuidó y quién abandonó cuando más se necesitaba. En la voluntad para activar los instintos de cuidado, de cooperación, de justicia, que el ruido ensordecedor de la violencia política no ha logrado apagar del todo.
El gesto de esos jugadores hacia la hija del presidente no fue un hecho aislado ni un simple exabrupto. Fue un síntoma. La señal de que la camiseta está siendo ocupada, de que los símbolos están siendo capturados, de que la guerra psicopolítica avanza. Pero ningún símbolo está perdido mientras haya quien se resista a entregarlo.
La intuición no miente. Pero hay alguien gastando millones de pesos, todos los días, para que no se escuche. Lo que está en juego no es solo quién gobierna. Es si cada cual se deja gobernar desde fuera, o si recupera las riendas de su propia mente. El Blindaje Mental Psicopolítico no es otra cosa que eso: la decisión de volver a escuchar-se y retornar al poder de lo comunitario, de lo colectivo, de la red, del micelio liberador.



