Fatalismo, depresión y estética de lo atroz — Edgar Barrero Cuellar

Introducción

Exis­te una rela­ción com­ple­ja y pro­ble­má­ti­ca entre el fata­lis­mo como ideo­lo­gía que natu­ra­li­za la des­es­pe­ran­za social, la pará­li­sis psi­co-socio-antro­po­ló­gi­ca como expre­sión de la depre­sión que ese fata­lis­mo pro­vo­ca; y la esté­ti­ca de lo atroz como nor­ma­li­za­ción de un pai­sa­je social de acep­ta­ción del gus­to con la des­apa­ri­ción físi­ca o sim­bó­li­ca de la otre­dad.

Esta rela­ción adquie­re una rele­van­cia par­ti­cu­lar en el esce­na­rio colom­biano, don­de los inten­tos de cons­truir una paz dura­de­ra han vuel­to a ceder el paso a la lógi­ca per­ver­sa de la gue­rra y la vio­len­cia polí­ti­ca como úni­ca for­ma para resol­ver los con­flic­tos socia­les.

Un sis­te­ma de gobierno que renun­cia a la paz y pre­fie­re rodear­se de cadá­ve­res que son expues­tos a la luz públi­ca con la com­pli­ci­dad de las cor­po­ra­cio­nes mediá­ti­cas. “El señor de las mos­cas” le ha lla­ma­do recien­te­men­te un humo­ris­ta a quien hoy fun­ge como pre­si­den­te de la Repú­bli­ca.

El pre­sen­te artícu­lo se pro­po­ne explo­rar las cone­xio­nes entre el con­cep­to de fata­lis­mo desa­rro­lla­do por Igna­cio Mar­tín-Baró, el con­cep­to de «esté­ti­ca de lo atroz» que for­mu­lé en tra­ba­jos ante­rio­res, y la expe­rien­cia depre­si­va enten­di­da como un fenó­meno no redu­ci­ble a sus dimen­sio­nes neu­ro­quí­mi­cas, sino ins­crip­to en un entra­ma­do de rela­cio­nes de poder y de corrup­ción de la polí­ti­ca.

El fatalismo como construcción ideológica.

Mar­tín-Baró com­pren­dió el fata­lis­mo no como un ras­go de carác­ter ni como una dis­po­si­ción indi­vi­dual, sino como el pro­duc­to de una con­fi­gu­ra­ción his­tó­ri­ca de rela­cio­nes socia­les. «El fata­lis­mo no es un ras­go de per­so­na­li­dad, sino un meca­nis­mo ideo­ló­gi­co que legi­ti­ma el orden esta­ble­ci­do al incul­car en los opri­mi­dos la con­vic­ción de que su situa­ción es inmu­ta­ble». Los sec­to­res mar­gi­na­li­za­dos y pre­ca­ri­za­dos inter­na­li­zan el fata­lis­mo no por heren­cia cul­tu­ral, sino como fru­to de una expe­rien­cia coti­dia­na que demues­tra la inuti­li­dad de cual­quier esfuer­zo por trans­for­mar las con­di­cio­nes de exis­ten­cia.

El sis­te­ma social, al frus­trar sis­te­má­ti­ca­men­te las nece­si­da­des bási­cas y las aspi­ra­cio­nes de movi­li­dad, pro­du­ce pasi­vi­dad y con­for­mis­mo en quie­nes lo pade­cen. Como toda creen­cia de carác­ter ideo­ló­gi­co, el fata­lis­mo pre­sen­ta una ver­sión dis­tor­sio­na­da de lo real, una en la que el poder se invi­si­bi­li­za y se pre­sen­ta como una exi­gen­cia natu­ral. Según sus pro­pias pala­bras, el fata­lis­mo cons­ti­tu­ye «el modo más sutil en el que el poder influ­ye en las con­duc­tas y acti­tu­des de las per­so­nas». El fata­lis­mo cons­ti­tu­ye, en ese sen­ti­do, «un con­for­mis­mo bási­co de gru­pos y per­so­nas con unas con­di­cio­nes deplo­ra­bles de exis­ten­cia y con un régi­men de vida opre­sor».

Mar­tín-Baró advir­tió sobre los ries­gos de psi­co­lo­gi­zar el fata­lis­mo, de redu­cir­lo a un ras­go indi­vi­dual cuan­do se tra­ta, en reali­dad, de un «corre­la­to psí­qui­co de deter­mi­na­das estruc­tu­ras socia­les, es decir, de la inte­rio­ri­za­ción de la domi­na­ción». Jus­to allí el ries­go de nom­brar como depre­sión algo que real­men­te tie­ne que ver con el fata­lis­mo, la frus­tra­ción y la impo­ten­cia por pre­ca­ri­za­ción de la vida mate­rial, psi­co­ló­gi­ca, espi­ri­tual y comu­ni­ta­ria. La psi­co­lo­gía crí­ti­ca no pue­de limi­tar­se a des­cri­bir el fata­lis­mo como un pro­ble­ma de acti­tud per­so­nal; debe des­en­mas­ca­rar­lo como una ideo­lo­gía que sir­ve a los intere­ses del poder.

La estética de lo atroz

Esta con­cep­tua­li­za­ción del fata­lis­mo encuen­tra una com­ple­men­ta­rie­dad ana­lí­ti­ca en el con­cep­to de «esté­ti­ca de lo atroz», desa­rro­lla­do en el libro De los pája­ros azu­les a las águi­las negras. Esté­ti­ca de lo atroz. Psi­co­his­to­ria de la Vio­len­cia polí­ti­ca en Colom­bia (2011). Dicho con­cep­to remi­te al pro­ce­so median­te el cual el terror ejer­ci­do por los gru­pos domi­nan­tes se apo­de­ra del ambien­te social como una esté­ti­ca colec­ti­va. No se tra­ta de un fenó­meno mera­men­te esté­ti­co en el sen­ti­do tra­di­cio­nal del tér­mino. Alu­de, más bien, al meca­nis­mo por el cual la atro­ci­dad se vuel­ve coti­dia­na, se natu­ra­li­za y se incor­po­ra al pai­sa­je social como par­te del orden de las cosas.

La esté­ti­ca de lo atroz se ins­ta­la en el incons­cien­te colec­ti­vo a tra­vés de múl­ti­ples meca­nis­mos: la des­hu­ma­ni­za­ción del otro, la des­truc­ción de los víncu­los comu­ni­ta­rios, y la con­ver­sión del terror en ideo­lo­gía. La vio­len­cia se vuel­ve invi­si­ble por­que se ha vuel­to par­te del sen­ti­do común, por­que ha deja­do de ser nom­bra­da como vio­len­cia para ser pre­sen­ta­da como nece­si­dad, como orden, como des­tino.

Fatalismo, estética de lo atroz y depresión

El fata­lis­mo gene­ra una cier­ta espe­cie de «des­es­pe­ran­za colec­ti­va»: la con­vic­ción arrai­ga­da de que cual­quier esfuer­zo es inú­til por­que el futu­ro está clau­su­ra­do. La esté­ti­ca de lo atroz, por su par­te, pro­du­ce un efec­to com­ple­men­ta­rio: la insen­si­bi­li­za­ción pro­gre­si­va ante el horror, la pér­di­da de la capa­ci­dad de indig­na­ción y de inter­pe­la­ción éti­ca.

La depre­sión pue­de ser com­pren­di­da, des­de esta pers­pec­ti­va, como la expe­rien­cia cor­po­ral y emo­cio­nal de ese doble pro­ce­so. No se tra­ta de una falla quí­mi­ca, sino de la res­pues­ta de un orga­nis­mo que ha inter­na­li­za­do la impo­si­bi­li­dad de trans­for­mar su con­tex­to vital exis­ten­cial. La pér­di­da de hori­zon­te, la pará­li­sis, la cul­pa por no poder modi­fi­car lo que estruc­tu­ral­men­te no se pue­de modi­fi­car: todos estos sín­to­mas depre­si­vos adquie­ren una nue­va inte­li­gi­bi­li­dad cuan­do son leí­dos a la luz del fata­lis­mo y de la esté­ti­ca de lo atroz.

La depre­sión, enten­di­da de este modo, no es un fenó­meno indi­vi­dual sino un corre­la­to psí­qui­co de una estruc­tu­ra social que se repro­du­ce a sí mis­ma median­te la pro­duc­ción de sub­je­ti­vi­da­des dóci­les, resig­na­das, obe­dien­tes y fun­da­men­tal­men­te tris­tes. Pero tam­bién pue­de ser con­si­de­ra­da como un sen­ti­mien­to pro­fun­do de repu­dio hacia quie­nes impo­nen la pre­ca­ri­za­ción de la vida: una for­ma de recha­zo que, al no encon­trar cana­les de expre­sión polí­ti­ca, se vuel­ve con­tra el pro­pio cuer­po que lo pade­ce.

El retorno de la guerra en Colombia

El esce­na­rio colom­biano con­tem­po­rá­neo ofre­ce una ilus­tra­ción par­ti­cu­lar­men­te elo­cuen­te y tris­te de esta diná­mi­ca. El anun­cio del cie­rre defi­ni­ti­vo de las mesas de diá­lo­go con diver­sos gru­pos arma­dos, la reac­ti­va­ción de órde­nes de cap­tu­ra con­tra quie­nes nego­cia­ban la paz, y la reanu­da­ción de las hos­ti­li­da­des arma­das, con­fi­gu­ran un cua­dro en el que el fata­lis­mo se pre­sen­ta como el hori­zon­te inter­pre­ta­ti­vo domi­nan­te.

Hace muy poco se difun­dió un video para pre­sen­tar los resul­ta­dos de la deno­mi­na­da Ope­ra­ción Aza­rías, una ofen­si­va mili­tar desa­rro­lla­da en Mira­flo­res, Gua­via­re, con­tra una estruc­tu­ra de las disi­den­cias de las FARC, que dejó 23 per­so­nas aba­ti­das. En la gra­ba­ción, el pre­si­den­te de Colom­bia apa­re­ce cami­nan­do entre los cadá­ve­res orde­na­dos en el sue­lo, envuel­tos en sába­nas, mien­tras los seña­la y con­ver­sa con el minis­tro de Defen­sa sin dar mues­tras de dolor humano sino más bien sin­tién­do­se orgu­llo­so y ale­gre por la mor­tan­dad.

Este epi­so­dio es la mani­fes­ta­ción visi­ble de una lógi­ca que con­vier­te la muer­te en espec­tácu­lo, el horror como tro­feo y la vio­len­cia como ins­tru­men­to de legi­ti­ma­ción polí­ti­ca. Cier­ta­men­te, para una par­te de la pobla­ción es depri­men­te tener que pre­sen­ciar seme­jan­te espec­tácu­lo día tras día. Otra par­te de la pobla­ción qui­zás aplau­da y exi­ja más san­gre y des­truc­ción. Esto es así por­que se ins­ta­la el terror en el pai­sa­je coti­diano, la con­ver­sión del horror en par­te del orden de las cosas. Es, en los tér­mi­nos del fata­lis­mo, la natu­ra­li­za­ción de la gue­rra como des­tino inelu­di­ble.

El retorno a la gue­rra es fun­cio­nal para quie­nes se bene­fi­cian de ella. Es fun­cio­nal para quie­nes nece­si­tan que el país siga sien­do un terri­to­rio de dispu­ta arma­da. Es fun­cio­nal para quie­nes han cons­trui­do su poder sobre la vio­len­cia y el mie­do. El fata­lis­mo es el meca­nis­mo que hace posi­ble esta fun­cio­na­li­dad: la creen­cia arrai­ga­da de que la gue­rra es inevi­ta­ble, de que el diá­lo­go es una ilu­sión, de que no hay alter­na­ti­va.

Consideraciones finales

La ima­gen de un pre­si­den­te cami­nan­do feliz y gus­to­so entre cadá­ve­res es una esce­na que con­den­sa la lógi­ca fas­cis­ta que hoy gobier­na al país: la muer­te como tro­feo, el horror como espec­tácu­lo, la gue­rra como des­tino. Y fren­te a esa esce­na, la pre­gun­ta que la psi­co­lo­gía no pue­de elu­dir es: ¿cómo se ins­cri­be ese horror en los cuer­pos y en las almas de toda una nación? ¿cómo se archi­va sin ser pro­ce­sa­do? ¿cómo se con­vier­te en fati­ga, en pará­li­sis, en depre­sión?

El fata­lis­mo no se com­ba­te con exhor­ta­cio­nes al opti­mis­mo, sino con acción colec­ti­va. No se des­mon­ta con fra­ses moti­va­cio­na­les, sino con pra­xis que demues­tren que otra con­fi­gu­ra­ción de lo social es posi­ble. No se supera con espe­ran­za inge­nua, sino con la recu­pe­ra­ción de la capa­ci­dad de ima­gi­nar un futu­ro dife­ren­te. Esa memo­ria no está solo en los archi­vos ni en los libros: está ins­crip­ta en los cuer­pos, en las emo­cio­nes, en la espi­ri­tua­li­dad, en las ten­sio­nes que car­ga­mos, en la rigi­dez que hemos apren­di­do, en el peso que no sabe­mos nom­brar.

El fata­lis­mo nos ense­ñó a bajar la cabe­za. La esté­ti­ca de lo atroz nos ense­ñó a no sen­tir. La depre­sión nos ense­ñó a olvi­dar que tene­mos un cuer­po que se impli­ca en múl­ti­ples rela­cio­nes de poder. Pero el cuer­po no olvi­da. El cuer­po archi­va. El cuer­po guar­da. El cuer­po es memo­ria que espe­ra ser des­per­ta­da.

Por eso la libe­ra­ción no vie­ne de afue­ra ni de arri­ba. Vie­ne de vol­ver a habi­tar lo que nos han ense­ña­do a aban­do­nar. Vie­ne de des­mon­tar los mitos que nos para­li­zan y co-crear ritua­les que nos devuel­van la capa­ci­dad de sen­tir, de ima­gi­nar, de actuar jun­tos.

 El horror no es inevi­ta­ble. La gue­rra no es nues­tro des­tino. La pará­li­sis no es eter­na.

 El cuer­po pue­de vol­ver a mover­se. La memo­ria pue­de vol­ver a nom­brar­se. La ima­gi­na­ción pue­de vol­ver a soñar.

Y cuan­do un cuer­po se mue­ve, una memo­ria se nom­bra y una ima­gi­na­ción se atre­ve, el fata­lis­mo se des­mo­ro­na, la esté­ti­ca de lo atroz se rom­pe y la depre­sión deja de ser una falla cor­po­ral para­li­zan­te y se con­vier­te en poten­cia y espe­ran­za colec­ti­va para la trans­for­ma­ción de eso que pro­du­ce depre­sión por pre­ca­ri­za­ción y des­hu­ma­ni­za­ción.

Universidad Nacional Comunitaria, rompiendo las reglas del juego. Profr. Oscar Hernandez Neri

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